Nuestra
Obra tiene ya setenta y ocho años de existencia.
En
1934 un grupo de valerosas mujeres desafiaron todas las formas
de la prudencia humana y tuvieron la corazonada de decidirse
a vivir el Evangelio, poniendo el acento en aquellas palabras
del Señor: "dejad que los niños se acerquen
a mí". Aquellas mujeres, nuestras antecesoras,
quisieron extender sus brazos y ensanchar su corazón
para derremar todo su afecto y ternura sobre tantas niñas
que, unas veces por falta de medios materiales, otras por
falta de afecto, y todas por falta de algo, eran como un desafío
para sus sentimientos.
Nosotras,
sucesoras de aquellas mujeres decididamente chifladas, pero
a lo divino, nos proponemos no darnos reposo mientras haya
niñas pobres, desvalidas, ayunas de cariño,
tristes, con lágrimas en los ojos...
¿Cuántas
han pasado por nuestra Casa? No lo vamos a decir, pero puede
creérsenos si afirmamos que han sido muchas las que
aquí han hallado alimento, vestido, instrucción,
formación, cariño, protección, etc.
Alguna
vez hemos hablado con personas que mostraban un cierto escepticismo
con respecto al futuro de la Obra, pero no parecen haber tenido
en cuenta lo realizado en los años anteriores. Aunque
no subsistiéramos en el futuro, ya sería mucho
lo realizado. Es verdad que somos pocas, pero siempre lo hemos
sido. Es verdad que nuestra Obra no ha dejado de atravesar
momentos difíciles, pero eso nos demuestra que Dios
está con nosotras y que si somos débiles, Él
es fuerte. Así ha sido siempre y así seguirá
siendo. Nuestra solución es fácil: en los casos
difíciles, oración; en los imposibles, más
oración. Llevamos setenta y dos años colgadas
de la Providencia de Dios, así es cómo nos sentimos
más seguras.
Nosotras
tenemos un Reglamento
aprobado por el excelentísimo Cardenal Arzobispo de
Sevilla, tenemos establecida la vida en común y emitimos
votos privados de pobreza, castidad y obediencia.
Nuestros
fines son:
Primero.-
El culto a Dios, a la Santísima Virgen y a los Santos.
Segundo.-
La promoción y el desarrollo físico, intelectual,
moral y religioso de las niñas y jóvenes, en
especial de las que carezcan de medios económicos.
Tercero.-
Como resultado de todo ello, pero también como exigencia
radicas, la santificación nuestra a escala personal
y comunitaria.
Sólo
exigimos como norma común para todas, amor, respeto
y estricta fidelidad al Reglamento. No pretendemos ser un
calco unas de otras, sino que pretendemos ser complementarias
aportando algo propio y diferente al acervo común.